No hay que relajar la prosa en el momento de poner el dato”

Andreína Itriago Acosta | Madrid/Buenos Aires | 21/03/2014

Leila Guerriero

Leila Guerriero. Fotografía de Diego Sampere

Las imágenes de Leila Guerriero que aparecen al introducir su nombre en Google revelan, al menos, dos cosas de esta periodista latinoamericana: le gusta vestir de negro y sonreír. Salvo en una o dos de las primeras cien fotos que muestra el buscador, se ve ataviada con otro color: el blanco; pero en la gran mayoría tiene una sonrisa dibujada en el rostro.

Es argentina y vive en Buenos Aires, pero su firma hace mucho tiempo que traspasó las fronteras de su país hasta cruzar el océano Atlántico. Actualmente es editora de la revista Gatopardo en el Cono Sur y tiene una columna semanal en el diario El País, al tiempo que escribe para otras publicaciones de aquí y de allá.

Su pluma la ha hecho merecedora de importantes reconocimientos: el Premio Fundación Nuevo Periodismo, en el año 2010; y el González-Ruano de la Fundación Mapfre, en 2013. Pero antes de estos galardones, en 2005, publicó su primer libro, el primero de seis, titulado Los suicidas del fin del mundo.

Se trata de la historia real de muchos jóvenes del pueblo patagónico de Las Heras que se quitaron la vida en un período de tiempo demasiado corto, sin ninguna vinculación ni razón aparente, salvo que todos vivían en un pueblo fantasma. Sin que fuera de forma intencional, con su trabajo, Guerriero logró hallar el patrón común de las causas: un lugar con mucho viento y poco futuro para quienes decidieron poner punto y final a su existencia.

Utilizando Skype como medio, MasInvestigacion pudo conocer en la voz de Leila Guerriero -y en esa continua primera persona que la caracteriza- el trabajo periodístico que llevó a cabo la escritora para la realización de esta crónica, así como otras cosas relacionadas con el oficio.

En su primer artículo de 2014 para El País habla de una serie de cosas sobre las que escribirá este año para sus lectores en España. Algunas cotidianas y otras no tanto, como ha hecho también en sus colaboraciones para revistas como Soho o Gatopardo. ¿Sobre qué temas prefiere escribir?

Son distintas las columnas, son temas que yo escojo porque a mí me interesan, porque a mí me producen curiosidad o conmoción o quiero compartir con un grupo de gente una situación que me parece interesante, curiosa, maravillosa o espantosa y siento que hay ahí una pequeña idea universal que puede interesarle a una persona que vive en España, Colombia o México. Cuando escribís para medios de fuera de tu país,  uno tiene que tener una idea un poco más humilde de lo que a un lector de afuera le puede interesar de tu cotidianeidad.

Hemos leído historias suyas sobre modelos, prostitutas, médicos, rockeros, lugares poco conocidos; historias de cosas que odia, como los museos y los city tours. Ha escrito sobre libros, niños -ajenos y miserables- y sus “padres funestos”, hombres y mujeres -y una mezcla de estos-. ¿Cree que Argentina es un lugar que inspira temas periodísticos?

Me hice periodista en la Argentina, con lo cual siempre me pareció un sitio en el que había cosas interesantes para contar y la verdad es que la mayor parte de las historias que cuento son historias que transcurren en mi país. También por una cuestión de que yo me tomo mucho tiempo para hacer el trabajo de reporteo. He hecho crónicas de viajes, he viajado, he hecho cosas sobre Zimbabue, Croacia o Filipinas. Pero como yo me paso mucho tiempo con un tema, siento que no me puedo quedar tres meses en Zimbabue.

Me parece a mí que la circunstancia propia inspira, el país de cada uno. Al periodista Alberto Salcedo le debe resultar Colombia un país sumamente inspirador; Venezuela debe serlo para Sandra Lafuente, Mayerlina Primera Garcés, Andrea Daza o Sinar Alvarado. Te nombro gente que ya no está en Venezuela, pero me imagino que el país de cada cual ayuda a encontrar historias que puedan reflejar un universal más grande.

Se cumplen nueve años desde que escribió las últimas líneas de su primer libro: Los suicidas del fin del mundo. ¿Cuánto tiempo duró la investigación de esa crónica?

El primer viaje lo hice en marzo de 2002. Lo recuerdo bien porque fue en los primeros meses después de la crisis bestial de 2001 y que siguió todo 2002 en Argentina. Escribí el libro en febrero de 2005 y el último viaje lo hice en noviembre de 2004, estuve dos años en Las Heras. Pero no era lo único que yo hacía. El pueblo de Las Heras queda muy lejos. Entonces yo iba cada tanto, y después mantenía comunicación telefónica, no era solo el trabajo de campo. Curiosamente, el libro que escribí ahora: Una historia sencilla, también lo escribí en febrero, se ve que febrero es como mi mes para escribir libros.

¿Cuánto tiempo le tomó el proceso de redacción de Los suicidas del fin del mundo? ¿Qué complicaciones encontró?

Lo escribí en un mes y medio. Como nunca había escrito un libro, en la mitad del proceso me hice dos preguntas: ¿qué era lo que diferenciaba un libro de una crónica larga? Y lo otro que me preguntaba era: ¿Cómo voy a saber que ya terminé, que la historia ya está contada? Porque en una nota tenés un límite, no sé, 30 mil caracteres; en un libro, no. Entonces, ¿quién decide? Y la verdad es que eso surgió solo. La historia pide lo que necesita para ser contada.

En cuanto a las dificultades, pues hubo alguna duda seria con el tema de la primera persona. A mí no me gusta escribir en primera persona y recuerdo que lo hablé mucho con Jordi Carrión, periodista español. Por diversos motivos concluyó: “Tienes que escribirlo en primera persona”. Yo confío mucho en su criterio y lo escribí en primera persona venciendo el pudor con unos razonamientos muy razonables, para ser redundante.

Me impuse algunas cosas a la hora de la escritura del libro. Por ejemplo, no mencionar demasiadas veces la palabra “sangre”, no mencionar creo que ninguna vez o salvo citando a otros la palabra “suicidio”, no usarla yo, la historia era de por sí muy tremenda y no quería que el libro resultara morboso. Ciertas cosas sí me las impuse e hice muchos malabares con el trabajo del lenguaje para que esto fuera así.

Al igual que en Argentina, el suicidio sigue siendo un tema tabú. Se evita hablar en la prensa de ello y en algunos países ni siquiera hay estadísticas. ¿Qué papel desempeñaron las fuentes vivas en su investigación, considerando la falta de datos oficiales?

Para mí los familiares de los chicos que se habían suicidado fueron fundamentales: amigos, novios, novias, sin ellos no hubiera podido hacer absolutamente nada. Todas las personas que intervienen en el libro son personas que tuvieron algún tipo de participación en lo que sucedió en Las Heras. Si bien yo sí hablé con gente, con psicólogos, para tener un andamiaje teórico de lo que significa el suicidio; esos testimonios no están incluidos en el libro, los usé como fuente, como dato  para no ser yo incauta e ir hacia ese tema tan resbaloso con poca o mala información.

Era evidente la falta de información que había. El tema del suicidio adolescente y el tema de las estadísticas, eso es algo que siempre he manejado en el oficio y sabía que había un enorme agujero y un gran prejuicio acerca de que no se publican noticias sobre suicidios para no producir un efecto contagio. 

En algún punto de Los suicidas del fin del mundo manifiesta que los datos dicen, pero nunca explican. ¿Es la labor del periodista explicarlos?

Yo creo que sí hay que tomarse el trabajo de explicar al lector por qué un dato que narra es relevante, tenemos que ocuparnos de que el lector entienda la importancia de ese dato, y no que pase el dato como por agua que no moja.

No siempre se va a poner uno a comparar gente muerta con estadios de fútbol, eso es una sandez, porque si no siempre caeríamos en lo mismo. Pero sí creo que hay que preocuparse por no relajar la prosa en el momento de poner el dato, y sí creo que el dato  es una cifra dura, fría, detrás de la cual hay una historia y nuestra labor como periodistas es encontrar la historia detrás del dato.

Hay un último episodio de Los suicidas del fin del mundo que quisiera evocar. En un bar de Las Heras le dijo un hombre que los del norte iban para allá y se llevaban lo mejor. Pero ese no fue su caso, usted se llevó lo peor: historias muy duras.

Yo no sé si me llevé lo peor del pueblo. Me llevé historias tristes pero me llevé lo mejor de ese lugar que era la historia que yo quería contar.

Como periodista, ¿tiene algún remedio para no verse afectada por estas y otras tantas historias crueles sobre las que hay que escribir?

Cada uno, ante esas situaciones de historias duras, crudas, fuertes, lo resuelve de una manera distinta. Yo sí sé que si la emoción queda en mí nada más y yo me quedo con ese cúmulo de emoción y me quedo perturbada, lastimada -cosa que nunca me ha pasado-, estoy haciendo mal mi trabajo. Si me quedo con esta especie de quiste emocional y me lo guardo para mí no voy a ser un buen vehículo para contar la historia. Uno siempre es como un pararrayos, dice un periodista: la energía pasa por vos y termina descargando en la tierra. En este caso sería eso, la historia pasa por vos y termina en la página.

Llama la atención que tanto en Los suicidas del fin del mundo como en otros artículos y crónicas suyos ha revelado que utiliza Internet en su labor periodística. Sin embargo, no posee una cuenta en Twitter. ¿Por qué?

Uso Internet como lo usamos todos: como fuente, para buscar cosas. Lo que no hago nunca es usar los sitios de Internet como la única fuente de información. Me parece un elemento súper útil.  Ahora, de ahí a tener cosas que decir continuamente y entrar en este estadio masturbatorio enloquecido de Twitter… Hay gente que lo hace muy bien. Pero para escribir yo necesito concentración y entrar en una especie de realidad paralela.

Es muy difícil escribir en estos tiempos cuando tenés la invasión y la demanda del mail todo el tiempo. Entonces si a eso le sumo Twitter y estoy pendiente de pensar: a ver, qué cosa puedo poner hoy. Yo no necesito decir tantas cosas y no comprendo muy bien de dónde sale toda esa hemorragia comunicativa que se ve también en el uso de los teléfonos celulares.